Amigos de la verdad y del silencio

«Es mejor ser el primero en poner en tela de juicio el honor y la honra de un profesional del deporte, que ponernos en el papel de un periodista amigo de la verdad.»

 

Ley Orgánica 1/1982.
«Los derechos al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen tienen el rango de fundamentales… el respeto de tales derechos constituya un límite al ejercicio de las libertades de expresión que el propio precepto reconoce y protege con el mismo carácter de fundamentales.»

Artículo 20, Constitución Española. 
«Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción… a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión.»

Así lo dicta la ley, que utilizamos unos para expresarnos y otros para defenderse; dos leyes que se complementan la una a la otra, porque en la comunicación han nacido para crecer como hermanas, vinculadas a los hechos que se presentan día a día y que permiten que nunca se separen una de otra.

Estas dos leyes, como buenas hermanas, se encuentran en conflicto constante, el último episodio más sonado y solo para utilizarlo como ejemplo, el del capitán de la selección española y del Real Madrid, Sergio Ramos, en el que, para poner en contexto, se comunicó por varios medios de comunicación un supuesto caso positivo de doping del jugador español, el cual ante las afirmaciones aseguró acudir a las instancias legales en su derecho a la defensa, puesto que con dichas informaciones se había puesto en duda su imagen y derecho a su honor como persona y jugador de fútbol profesional.

Ante este hecho, me pregunto yo: ¿hasta qué punto debe llegar el trabajo como periodistas para informar al ciudadano ‘común’ sobre estos hechos protagonizados por el jugador?

La ley también nos aclara este punto, poniendo un límite al periodismo, afirmando que: «Estas libertades (derecho a expresarse libremente) tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este título… especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen…«. Es decir, el derecho que tiene el periodismo a informar, llega como cualquier otro, hasta donde inicia el derecho del deportista. Siendo así, el periodismo puede informar sobre cualquier información siempre y cuando esta sea verídica y no busque afectar la imagen de la persona involucrada.

Sin embargo, teniendo clara la ley pero dejándola a un lado, ¿es nuestra obligación como periodistas informar estos hechos?, ¿es nuestro derecho moral no hacerlo?, ¿nos hace mejores periodistas comunicar este tipo de hechos con el fin de dar una ‘primicia’? Con esto quiero plantear un debate que se crea dentro de mí, hasta dónde nuestra conciencia y nuestra moral pueden llegar con el fin de ser los primeros en dar una noticia, ahí es donde entra únicamente nuestro lado humano, que entra en conflicto con nuestro lado profesional.

Creo yo, ponernos en los zapatos de los demás siempre debe ser la base para comunicar la información que está en nuestras manos, creo que es más importante construir una relación con los involucrados antes que utilizar las herramientas de comunicación y mi poder a expresarme y que millones me escuchen, para destruir a los deportistas, sea veraz o no la información.

El periodismo deportivo de hoy en día, sobre todo en España, ha transformado su diálogo y esa transformación los ha alejado del deporte en sí, porque para muchos periodistas y medios de comunicación es más importante ser el primero en comunicar la vida personal del futbolista, es mejor ser el primero en poner en tela de juicio el honor y la honra de un profesional del deporte, que ponernos en el papel de un periodista amigo de la verdad, pero también amigo del silencio.

A diferencia del periodismo deportivo en España, en Sudamérica, y aunque no se deje a un lado el hecho de informar la verdad, los periodistas han tomado un papel más ‘profesional’, en el que entienden que del otro lado hay un ser humano, con familia y derechos que se pueden ver afectados por nuestro poder de comunicación, y han decidido poner la balanza hacia la información con tinte deportivo y no polémico. Esto se evidencia en el más mínimo detalle en las ruedas de prensa, en las que los medios españoles calientan la silla para hacer preguntas que logren dar un titular, en cambio, en Sudamérica no calientan la silla, sino que se sientan en ella para buscar la información de la forma más digna, con el deporte como batuta.

Me pongo a pensar, qué haría yo como periodista deportivo, en un supuesto caso en el que me enterase de una triste verdad que de ponerla a la luz, sepa yo que afectaría emocional y profesionalmente a un deportista. La respuesta, y siempre dependiendo de la gravedad de los hechos, por el momento prefiero tomar ese papel del amigo del deportista, prefiero aprovechar mi voz para hablar con él y crear un vínculo de confianza, que me dé frutos más prósperos en un futuro y que se encarguen las autoridades competentes, en vez de una primicia desgarradora con un titular en primera plana.

No debe confundirse esto, con el hecho de ser cómplice de unos actos indebidos, sino más bien al deber de nosotros como periodistas para encontrar la verdad dentro de la información antes de comunicarla, pero también respetando el límite dictado por la ley y dejar apartado el lado oscuro de la noticia, ese que busca destruir.

Es cierto que hay 2 leyes que se complementan, y hay una ley que las limita una a la otra, pero más allá de las leyes, creo que depende de cada uno si moralmente somos capaces de dar determinada información, depende de nuestro lado humano encontrar un equilibrio entre lo que debemos decir y lo que no. Que cuando hablemos sea para informar con una bandera de honestidad y no cargada de malas intensiones; siempre debemos tener el deber de informar, pero eso no implica olvidar nuestro derecho a callar.

 

 

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