Por mí, que la final se juegue en la luna

«Es una cultura que hemos creado al pensar que la pasión se demuestra con piedras al aire, que el que más fuerte golpea es el que más ama.»

 

En Sudamérica hemos sido bastante afortunados; hemos visto nacer estrellas que le han dado un nuevo color al fútbol, en ocasiones nos hemos unido para apoyar naciones que no son nuestras, como la clasificación de Perú al mundial porque la sentimos como si fuese nuestra y hasta creamos canciones para recordar a nuestros ídolos, porque durante muchos años el pueblo cantó maradó maradó.

Pero en Sudamérica hay algo de lo que no podemos sentirnos orgullosos, porque hay un reto que no hemos podido ni querido superar, una batalla que no hemos ganado y que se ha convertido en una guerra… la violencia en el fútbol.

No negamos el haber disfrutado de momentos históricos y podemos asegurar que hemos visto cosas hermosas en este deporte, pero también hemos tenido que ver escenarios de tristeza. Nos ha tocado presenciar cómo las familias se han alejado de las canchas, hemos evidenciado perplejos cómo aficionados han salido de sus casas rumbo al estadio en un viaje solo de ida, porque tener la camiseta de su equipo puesta implicó no volver a casa y hasta hemos visto cómo las camisetas, sean del color que sean, se han pintado de rojo, porque la sangre no se ha derramado en el campo sino en las calles.

Los hechos ocurridos en El Monumental por la vuelta de la final de la Copa Libertadores sorprende por lo predecible y no por el hecho en sí, por eso en Sudamérica tendremos que ver cómo la gran final de América se jugará en Europa, porque una vez más, no hemos aprendido, hemos demostrado que no somos capaces de convocar la alegría y la pasión, hemos dado una clase de guerra y el mundo nos ha dado una lección de vida; perdimos la oportunidad de demostrar que aunque el fútbol nació en Inglaterra, aquí es donde cobra vida.

Hay que aceptar, aunque duela, que en Sudamérica hemos vuelto a evidenciar que somos la oveja negra del fútbol, porque no es solo Argentina, no es solo River y Boca, es una cultura que hemos creado al pensar que la pasión se demuestra con piedras al aire, que el que más fuerte golpea es el que más ama. Hemos demostrado que nuestra voz se escucha más fuerte cuando se trata de insultar a nuestro rival y hemos visto cómo nuestras piernas corren más rápido para huir de una pelea entre barras bravas que para llegar a tiempo al inicio del partido.

Qué rabia me da no poder callar a la hinchada visitante en mi casa a punta de goles porque no están invitados a la fiesta y el estadio solo se puede pintar de un color, qué rabia me da no poder ver a los niños de 5 años, con sus camisetas hasta las rodillas, caminando hacia el estadio queriendo dar vida a un sentimiento que apenas nace. Qué rabia me da, pero QUÉ RABIA ME DA ver que la pelota se manche de sangre y se le niegue su derecho divino a rodar por el césped, pero es lo que hay.

Los violentos han provocado que esas familias Riverplatenses no puedan ver a su equipo amado levantar la ansiada copa, pero ese es el sacrificio que hay que dar y este es el momento para hacerlo, es hora de enseñarle una lección a los vándalos alejando la pelota de sus garras y demostrarles así que los aficionados de verdad somos más. Es la ocasión para dejar un precedente, es el momento de cambiar la historia, porque hay que entender que no es solo un lugar donde jugar, que no es solo una decisión por tomar, es un desafío que afrontar de una vez por todas.

En este instante Sudamérica se siente ofendida porque argumenta, como dijo Batistuta, que se está matando el fútbol argentino, pero déjame decirte Gabriel, el único que está matando el fútbol argentino es el propio fútbol argentino, es un suicidio futbolístico. Basta ya de creer que siempre tenemos la razón, basta ya de tener una benda en los ojos y creer que lo que hacemos está bien, basta ya de echarle la culpa a los demás por nuestros actos, basta ya de sentir que siempre somos las víctimas.

Lo que sería la gran final de América quedará recordada como la mayor vergüenza en la historia del fútbol sudamericano, no por la Conmebol, no por la FIFA, no por el Santiago Bernabéu, sino por nosotros. Esta consecuencia no es de ahora, no es un producto nuevo que han inventado, es el resultado de un mensaje de odio que se ha dejado propagar de generación en generación.

Ojalá no se jugara esa final y se hubiese declarado el título desierto, como no se puede, por mí, que la pelota esté protegida y se aleje miles de kilómetros de los violentos, por mí que los ojos brillen lejos del odio, por mí que la final de la Copa Libertadores se juegue en el lugar que nos han bajado cientos de veces, por mí que la final se juegue en la luna.

 

 

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